La pasada selmana y coincidiendo coles fiestes de Pión alcordéme d’un testu que me pidieran pa una sección que sacaran hai un par d’años nel diariu “El Comercio” titulada “El verano de mi vida” y na que participaron dellos escritores asturianos y otros tantos principiantes como yo.
Va’l testu.
“Alargar el estío
El concepto de verano se dibuja con ceras amarillas de sol y rojas de hamacas, con nubes que se dispersan sobre un tejado a dos aguas y chimenea en vertical, apuntando al cielo. Vivir el verano ahora, cuando las vacaciones se disfrutan cuando se puede y agosto es un mes más, es regresar a la casa en la que pasé aquellos veranos dibujados sobre papel de estraza.
Entonces las vacaciones comenzaban exactamente la noche del ventitrés de junio, santo de mi hermano Xuan y momento de reunir a la familia y amigos en torno a la foguera. Esa misma noche tomábamos posesión de la cama blanda, la ventana con vistas a la pumarada, los gallos mañaneros y el olor a libertad.
En Pión los horarios no estaban marcados por las materias escolares sino por los momentos de comida y folganza, por ese orden. Después de comer cada uno de mis cuatro abuelos elegía un lugar concreto para venerar la siesta: la sombra que hay junto al pozo, bajo uno de los pumares centenarios de la finca; la hamaca de estampado de flores o la silla con respaldo abatible. Mejor con una taza de café y siempre con la Nivea tapa azul disponible en uno de esos sitios concertados con el tiempo para detenerlo en esa hora de terrible sopor y aburrimiento para nosotros. Momentos en que mi vecina Lorena y yo deambulábamos como almas en pena por les caleyes esperando a que pasara algo. A que se despertaran aquellos malditos vagos dormidores de siestas.
En ocasiones aprovechábamos el parón, y sobretodo la distracción de los adultos, para acercarnos secretamente al bidón donde mi abuelo iba encarcelando caracoles, ¡para algo que daba la finca!, y liberar un par de ellos. Debía ser una maniobra rápida y poco ambiciosa para no levantar sospechas. Dos caracoles menos en la cazuela del último domingo de agosto, día de la fiesta.
Otras noches salíamos todos a cenar al corredor de la casa, de cara a Les Mariñes. Entre tortilla y tortilla acostumbrábamos a ver cómo se iba llenando la lámpara de polillas, hasta que, allá por los postres, caían ruidosamente sobre los platos, con levantamiento de mantel y juramentos generalizados.
Cuando el tiempo no lo permitía trasladábamos la mesa al interior y, algunas noches, amenizábamos la comida con una cena-espectáculo que los nietos preparábamos disfrazados de encantadores de serpientes o bailarinas. Abanzada la cena mis abuelos se unían a la celebración con una imitación legendaria de “el gordo y el flacoE que hacía caer a sus esposas literalmente de las sillas.
Las pocas veces que salíamos de la finca de “El Cierru d’arriba” era para subir al bar-tienda de El Curviellu, que por el buen hacer de Corso y Maria Luisa, sigue exactamente igual. Los hombres jugaban la partida y ellas el bingo la noche de los jueves. En esas horas cálidas que reunían a todas las mujeres de la parroquia aprendí a darle a la manivela para que salieran números asociados con frases hechas. También a respetar las supersticiones cuando me pedían que me sentara a su lado porque, al parecer, daba buena suerte.
Una vez cada verano ponía a prueba la paciencia de la casa adoptando uno o varios animales de esos que intuía desamparados. La tortuga que encontramos junto al río, la perra de caza abandonada que llenó la casa de camadas, el polluelo de gorrión que aprendió a volar cayendo del corredor al balagar… Un año descubrimos a un gato recién nacido escondido bajo un árbol, al tiempo que empezó a rondar por la casa una gata vieja a la que le faltaba un ojo. La primera vez que se lo llevó de la cesta donde lo alimentábamos a base de leche recién catada, pensamos que nos habíamos quedado sin gato y sin juguete. Sin embargo a las pocas horas la descubrimos tendida a la sombra con el gatín tirando inútilmente de sus secas mamas.
Por alguna razón mis abuelos no desaprobaban casi nada de lo que nosotros hacíamos y eso nos convertía en criaturas libres y poderosas. En verano se podía probar a hacer zumo de mora o colonia de hierba buena, se podían construir baterías con tablas usadas y micrófonos con palos de escoba. Podíamos pasarnos la tarde tumbados al sol o la sombra, con la bici por los caminos o duchándonos desnudos con la manguera. Mis abuelos, como la casa, conformaban aquellos días sin despertadores, sin colegio, sin ascensores y sin perros con correa; porque en definitiva no era el tiempo, sino la casa, la que dotaba de entidad al concepto de verano.
Por todo ello, y ahora que hace ya casi un año que regresé a Pión (yo y mis cajas), contesto que no con la cabeza cuando me preguntan con cierta coña en El Curviellu “¿Qué? ¿nun canses de vivir nesti pueblu?”, y es que ahora que soy yo la que dibujo con ceras los días del calendario decepcionaría profundamente a la que fui si no decidiera alargar a una vida los meses de verano”.
Espublizáu nel diariu “El Comercio” el martes 28 d’agostu de 2007